Mazunte y San Agustinillo: la costa mexicana donde aprendí a bajar el ritmo

Mazunte y San Agustinillo me enseñaron que viajar despacio también es viajar. Dos pueblos pequeños, mucho océano y cero prisa.
México es uno de los países que más me han emocionado viajando. Me marcó por su comida, su intensidad, sus ciudades, sus pueblos y lugares tan distintos como Oaxaca, Guanajuato o Holbox. Es un destino lleno de vida y de identidad, de esos que se sienten enorme incluso después de varios viajes y que siempre me dejan con ganas de más.

Mazunte y San Agustinillo me enseñaron que viajar despacio también es viajar. Dos pueblos pequeños, mucho océano y cero prisa.

Días lentos, olas enormes y ceviche con los pies en la arena. Así fue mi semana en Puerto Escondido, uno de esos lugares que te retienen más de lo previsto.

Dormir en cabañas entre pinos, caminar por bosques de niebla y entender que México es mucho más que playas y ruinas.

Oaxaca me atrapó desde el primer momento: sus mercados, su mezcal y esa energía imposible de describir sin haberla vivido.

Puebla me sorprendió más de lo que esperaba: talavera, iglesias barrocas y una ciudad con carácter propio en mi ruta por América Latina.

Madrugué sin dudarlo y Teotihuacán me dejó sin palabras. Te cuento cómo llegar, qué ver y por qué ir temprano es clave.

Roma, Condesa y el instante exacto en que México me atrapó. Así empezó mi enamoramiento con un viaje largo que no sabía dónde iba a terminar.

Descubrí Holbox entre playas de arena blanca, calles sin coches y el encuentro mágico con tiburones ballena en México.

Viajé a Oaxaca y me quedé sin palabras ante uno de los destinos más auténticos e imprescindibles de México.

Viajé a Puebla y descubrí su mole, sus azulejos barrocos y la magia de Cholula en una ciudad que me enamoró a primera vista.