Bretaña: megalitos, crepes y acantilados en el fin del mundo francés

Viajé a Bretaña para descubrir megalitos milenarios, crepes de trigo sarraceno y acantilados que cortan el aliento en el confín de Francia.
Francia me ha regalado viajes muy distintos, desde la elegancia de París hasta la luz suave de la Provenza o la fuerza de Normandía. Es un país que me gusta por su equilibrio entre belleza, historia y placer cotidiano. Siempre encuentro allí algo que me inspira: una mesa larga, un paisaje tranquilo o una ciudad que apetece recorrer sin prisa.

Viajé a Bretaña para descubrir megalitos milenarios, crepes de trigo sarraceno y acantilados que cortan el aliento en el confín de Francia.

Recorrí los castillos del Loira, de Chambord a Chenonceau, y viví de cerca el esplendor del Renacimiento francés en una experiencia que me cambió la mirada.

Viajé a Córcega y me enamoré de sus acantilados, sus calas turquesas y sus pueblos de montaña; para mí es una de las islas más salvajes del Mediterráneo.

Descubrí Alsacia en otoño entre mercados navideños, calles de cuento en Colmar y algunos de los vinos blancos que más me han gustado de Francia.

Recorrí Normandía entre las playas del Desembarco y el mágico Mont-Saint-Michel, en un viaje lleno de historia, emoción y paisajes únicos.

Viajé a la Costa Azul con presupuesto ajustado y terminé enamorada; te cuento cómo disfruté Niza, Mónaco y Cannes sin arruinarme.

Recorrí la Provenza entre campos de lavanda, pueblos medievales y el mercado de Aix-en-Provence en una experiencia que me cambió.

Recorrí París en 5 días entre el Louvre sin agobios, el encanto de Montmartre y bistrós que la mayoría de turistas nunca encuentra.

Viajé a Burdeos siguiendo la Ruta del Vino: châteaux del Médoc, Saint-Émilion y copas al atardecer. Una experiencia que no olvidaré.

Viajé a Lyon y descubrí por qué se considera la capital gastronómica de Francia, entre bouchons, mercado y mucha autenticidad.