Fachada del Museo del Louvre al atardecer con la pirámide iluminada

París en 5 días: el Louvre, Montmartre y los bistrós que no salen en guías

Recorrí París en 5 días entre el Louvre sin agobios, el encanto de Montmartre y bistrós que la mayoría de turistas nunca encuentra.

Hay ciudades que te las imaginas mil veces antes de pisarlas y que, cuando por fin llegas, te sorprenden de una forma completamente distinta a lo que esperabas. París fue exactamente eso para mí. Vine convencida de que lo había visto todo en películas, en Instagram, en postales de toda la vida, y sin embargo la ciudad me dio una bofetada de realidad preciosa nada más salir del metro. No era el París de tarjeta postal. Era mejor. Era ruidoso, olía a gasoil y a croissant al mismo tiempo, y la gente caminaba con esa prisa tan característica que tienen los parisinos cuando van a algún sitio. Me enamoré en los primeros veinte minutos. Si estás pensando en ir, este artículo es para ti: te cuento cómo organicé cinco días en París sin volverme loca, qué hice en el Louvre para no salir con los pies destrozados y sin haber visto nada, por qué Montmartre me pareció el barrio más honesto de toda la ciudad, y dónde comí de verdad, en esos bistrós que no aparecen en ninguna guía turística.

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Fachada del Museo del Louvre al atardecer con la pirámide iluminada
La pirámide del Louvre al caer la tarde, cuando las colas desaparecen y la luz es perfecta.

Día 1 y 2: El Louvre sin morir en el intento

Todo el mundo me decía lo mismo antes de ir: «El Louvre es enorme, no intentes verlo todo». Y claro, no les hice caso. El primer día entré con mi lista de museos de obligado cumplimiento y salí dos horas después con dolor de cabeza, los pies destrozados y la sensación de haber corrido una maratón entre cuadros. Así que el segundo día volví, pero esta vez con otra estrategia.

El Museo del Louvre es, según muchos indicadores, el museo más visitado del mundo. Eso significa que si llegas a las diez de la mañana un martes de julio, vas a estar rodeada de grupos organizados y de gente levantando el móvil para fotografiar la Mona Lisa por encima de otras cuarenta cabezas. Mi consejo más honesto: reserva la entrada online con antelación (puedes hacerlo directamente en la web oficial del museo) y, si puedes, elige las sesiones de tarde. Los precios de la entrada suelen rondar los quince euros para adultos, aunque conviene verificarlo porque cambian. Los miércoles y viernes el museo cierra más tarde que el resto de la semana, lo que te da una ventana estupenda para entrar cuando el grueso de los visitantes ya se ha ido.

Yo decidí centrarme en tres secciones y no moverme de ahí: las antigüedades egipcias (que me tienen fascinada desde pequeña), la escultura griega con la Venus de Milo y las salas de pintura francesa del siglo XIX. La Mona Lisa la vi de lejos, sí, pero no me obsesioné. Hay obras en el Louvre que te van a dejar igual de sin palabras y delante de las cuales estarás completamente sola. Eso no tiene precio.

Cómo moverse dentro del Louvre

  • Descarga el plano oficial del museo antes de entrar. La app del Louvre también funciona bien dentro del edificio.
  • Entra por la Puerta Richelieu o la Puerta des Lions en lugar de por la pirámide: hay menos cola y llegas antes a algunas secciones.
  • Lleva agua y algo de comer. La cafetería interior es cara y las colas para comer también son largas.
  • Si tienes la Paris Museum Pass, puedes entrar sin hacer cola en la taquilla, algo que te ahorra tiempo valioso.
  • El jardín de las Tullerías, justo al salir, es el lugar perfecto para sentarse a respirar después.

Día 3: Montmartre, el barrio que me robó el corazón

Llevo años escuchando que Montmartre está masificado, que ya no es lo que era, que solo van turistas. Y sí, hay turistas. Muchos. Pero si vas a primera hora de la mañana, antes de que los autobuses de excursión lleguen a la Place du Tertre, el barrio tiene una magia que es muy difícil de describir sin sonar a folleto de agencia de viajes.

Subí caminando desde el metro Abbesses, que ya de por sí merece la pena por su entrada modernista. Las calles empedradas, las escaleras, las fachadas con buganvillas… todo estaba casi vacío a las ocho y media de la mañana. Me tomé un café en una terraza que daba a una placita que no encontraría en ningún mapa turístico y estuve un buen rato simplemente mirando pasar a los vecinos de camino al trabajo.

La Basílica del Sacré-Cœur, declarada monumento histórico de Francia, es imponente. Las vistas desde allí arriba son de las mejores de toda la ciudad. Pero lo que más me gustó de Montmartre no fue el monumento en sí, sino el paseo por sus alrededores: el Moulin de la Galette, el viñedo de Montmartre (el único viñedo que queda dentro de los límites de París), las galerías de artistas que todavía sobreviven en las callejuelas traseras.

Calle empedrada y tranquila de Montmartre con cafés y flores
Montmartre a primera hora de la mañana, antes de que lleguen los grupos de turistas.

Qué hacer en Montmartre más allá de lo obvio

  • Visita el Musée de Montmartre (web oficial): pequeño, tranquilo y con un jardín que parece sacado de otro siglo.
  • Baja por la Rue Lepic hasta el Moulin Rouge: el camino tiene sus propias sorpresas.
  • Explora el Marché Saint-Pierre si te gusta la costura o los tejidos: es un mercado de telas enorme y muy popular entre los parisinos.
  • Evita comer en los restaurantes de la Place du Tertre: son para turistas y la calidad no justifica el precio. Aleja dos calles y busca donde comen los vecinos.

Día 4: Los bistrós que no salen en las guías

Esto es lo que más me costó encontrar y lo que más recuerdo de todo el viaje. París tiene una tradición gastronómica que va mucho más allá del croissant de la mañana y el macarón de colores. El bistró parisino auténtico es un universo propio: manteles de papel, pizarrón con el menú del día escrito a mano, camarero que te trata como si llevaras viniendo veinte años y una cocina que huele a mantequilla desde la calle.

La clave para encontrarlos, y esto lo aprendí a base de ensayo y error, es alejarse de las calles principales. Si hay carta en cinco idiomas en la puerta, sigue caminando. Si hay foto de los platos plastificada en el escaparate, sigue caminando. Busca los sitios donde los menús del mediodía están escritos en francés, solo en francés, y donde el precio te parece razonable para lo que incluye: entrante, plato principal y postre o vino.

Los barrios donde mejor suerte tuve fueron el 11ème arrondissement (especialmente alrededor de la Rue de la Roquette y la Rue Oberkampf), el 20ème y el 18ème fuera de la zona turística de Montmartre. También exploré el Marais, que tiene sitios preciosos aunque hay que rascarse más el bolsillo.

Una tarde, casi sin querer, entré en un bistró del barrio de Belleville que no tenía ni nombre visible desde fuera. Pedí lo que había en la pizarra sin entender exactamente qué era, y me trajeron un bœuf bourguignon que sigo recordando con una nostalgia irracional. El camarero hablaba cero inglés, yo hablaba un francés de instituto muy oxidado, y nos entendimos perfectamente. Eso también es París.

Cómo identificar un buen bistró parisino

  • Menú del día en pizarra, escrito a mano y solo en francés.
  • Clientela local: si hay más vecinos que turistas, es buena señal.
  • El camarero no te aborda en inglés nada más verte entrar.
  • El vino de la casa se sirve en jarras o en botellas sin etiqueta lujosa.
  • La decoración no es instagrameable ni está diseñada para serlo.

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Día 5: El París que se ve caminando

El último día decidí no tener plan. Nada de museos, nada de monumentos marcados en el mapa. Cogí el metro hasta el barrio de Saint-Germain-des-Prés (uno de los más literarios de la ciudad, con una historia asociada a figuras como Sartre, Simone de Beauvoir o Hemingway, que lo describió en París era una fiesta) y empecé a caminar sin rumbo.

Crucé el Sena varias veces. Me paré en los bouquinistes, esos vendedores de libros de segunda mano que llevan instalados en las orillas del río desde el siglo XVI y que forman parte del patrimonio cultural de la ciudad. Compré una postal antigua y un libro de fotografías en blanco y negro que pesa demasiado para la maleta pero que no podía dejar atrás.

Pasé por delante de Notre-Dame, que sigue en proceso de restauración tras el incendio de 2019 pero cuya silueta sigue siendo impresionante desde el exterior. Crucé hacia la Île Saint-Louis y me comí un helado de la heladería Berthillon, que dicen que es la mejor de París (y no van desencaminados). Terminé la tarde sentada en un banco junto al río, mirando pasar los barcos.

Interior de un bistró parisino tradicional con mesas de madera y menú en pizarra
Estos son los bistrós que busco siempre: sin carta en varios idiomas, sin foto en la puerta.

París sin itinerario también es una forma perfectamente válida de ver París.

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Presupuesto

París tiene fama de cara y en parte es merecida, pero se puede gestionar bien. Los museos nacionales son gratuitos el primer domingo de cada mes, lo que puede suponer un ahorro importante si organizas el viaje alrededor de esa fecha (consulta condiciones actualizadas en las webs oficiales de cada museo). El menú del día en bistrós de barrio suele ser bastante más económico que cenar en cualquier sitio del centro turístico. El pan, la charcutería y el queso del supermercado local son una opción real y deliciosa para el desayuno o la cena informal.

Transporte

El metro de París es tu mejor aliado. La red es densa, llega a todos lados y es fácil de entender incluso si no hablas francés. Si vas a moverte mucho, compara el precio del carnet de diez viajes con el del Paris Visite Pass según los días que vayas a estar. Desde los aeropuertos de Charles de Gaulle y Orly hay conexiones directas al centro: el RER B desde CDG y el Orlyval desde Orly son las opciones más habituales (consulta horarios y tarifas actualizados en la web de RATP). También puedes ir en bicicleta por gran parte de la ciudad: el sistema Vélib’ de bicicletas compartidas tiene estaciones por toda la ciudad.

Mejor época para visitar París

La primavera (abril y mayo) y el otoño (septiembre y octubre) son los momentos más agradables en cuanto a temperatura y afluencia turística. El verano tiene más horas de luz y el ambiente es festivo, pero también más masificación y precios más altos. En enero y febrero hace frío de verdad, pero los museos están casi vacíos y los precios de hoteles bajan considerablemente. Cada temporada tiene sus razones para ir.

Dónde alojarse

Los arrondissements del 10 al 12 son una alternativa estupenda al centro más turístico: bien comunicados, con mucha vida de barrio y precios algo más contenidos. El Marais (3ème y 4ème) es precioso pero cotizado. Si buscas estar cerca de Montmartre, el 18ème tiene opciones para todos los presupuestos, aunque hay que elegir bien la zona.

Idioma y costumbres

Aprende cuatro palabras en francés. En serio. Un «Bonjour» al entrar a cualquier sitio y un «Merci» al salir marcan una diferencia enorme en cómo te tratan. Los parisinos tienen fama de hoscos, pero en mi experiencia son perfectamente amables si haces el esfuerzo mínimo de saludar en su idioma. No des propina en los restaurantes si no quieres (no es obligatoria en Francia), pero sí puedes redondear la cuenta si el servicio te ha parecido bueno.

Visitas que conviene reservar con antelación

  • Louvre: reserva siempre online, especialmente en temporada alta.
  • Torre Eiffel: las colas sin reserva pueden ser de horas. La web oficial es toureiffel.paris.
  • Versalles: si piensas hacer una excursión de un día, reserva también con tiempo.
  • Ópera Garnier: las visitas guiadas suelen agotarse, especialmente en fin de semana.

Y mi consejo más personal, el que le daría a cualquiera antes de ir: deja al menos medio día sin planificar. El mejor recuerdo que tengo de París no está en ningún museo ni en ningún monumento. Está en una plaza pequeña del 11ème donde me senté a tomar un vino con unas personas que acababa de conocer, sin saber muy bien cómo había llegado hasta allí. Eso no se planifica. Solo se deja pasar.