Llevo diez años viajando de forma más o menos continua y, si hay una pregunta que me hacen siempre, es esta: ¿cómo consigues comer tan bien gastando tan poco? La respuesta honesta es que no hay magia, hay estrategia. Y también hay mucho ensayo, error, algún que otro estómago revuelto y unas cuantas comidas que recuerdo mejor que muchos monumentos. Porque sí, la comida es cultura, es historia, es la forma más directa de entender un lugar. Y no necesitas un presupuesto de lujo para disfrutarla de verdad.
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Por qué la comida es la mejor puerta de entrada a un destino
Cuando llegué por primera vez a Ciudad de México hace casi una década, lo primero que hice no fue ir al Museo Nacional de Antropología ni subir a la Torre Latinoamericana. Me planté en el mercado más cercano, pedí unos tacos de guisado señalando con el dedo porque no entendía la mitad del menú, y me senté en un taburete de plástico junto a gente que iba a trabajar. Aquella fue la mejor bienvenida posible. Costar lo que costó aquello, no lo recuerdo exactamente, pero sé que cambié un billete pequeño y me sobraron monedas.
Eso es lo que intento replicar en cada viaje: comer donde come la gente local. No por romanticismo, sino porque suele ser más barato, más fresco y, casi siempre, más rico. La gastronomía popular de cualquier país es patrimonio vivo, y muchas veces está al alcance de cualquier bolsillo.
Mis estrategias principales para comer bien sin gastar de más
1. Los mercados locales: mi primera parada siempre
Antes de reservar ningún restaurante, antes incluso de mirar reseñas en aplicaciones, busco el mercado municipal o central del lugar. En muchos países, estos mercados tienen fondas, puestos o comedores integrados donde se sirven platos tradicionales a precios que no tienen nada que ver con los del centro turístico. La Organización Mundial del Turismo lleva años señalando el turismo gastronómico como una de las tendencias más sólidas del sector, y los mercados son, precisamente, su versión más auténtica y accesible.
En Bangkok, en Marrakech, en Lima o en Lisboa: el mercado siempre me ha dado las mejores comidas del viaje. Y además, comprar fruta, quesos, pan o embutidos locales para desayunar en el alojamiento me ahorra una cantidad considerable a final de mes.
2. El menú del día: un clásico que funciona en todo el mundo
Esta figura no existe solo en España. En Francia se llama formule, en muchos países latinoamericanos se conoce como menú ejecutivo o almuerzo del día, en Italia hay algo parecido al mediodía en muchas trattorias. Sea como se llame, el principio es el mismo: un plato o varios, bebida y postre a un precio cerrado y bastante razonable.
Mi regla de oro es hacer la comida fuerte del día al mediodía y apañarme por la noche con algo ligero comprado en un supermercado o mercado. Esto me permite darme el capricho de sentarme en un sitio con mantel sin destrozar el presupuesto.
3. Alejarse dos calles del centro turístico
Es un consejo tan viejo como los viajes, pero sigue siendo verdad. La terraza con vistas a la catedral o al monumento principal va a cobrarte por la ubicación, no solo por la comida. Dos calles más adentro, el precio puede reducirse de forma significativa y la calidad suele ser igual o mejor. Yo lo llamo la «regla de las dos calles» y me ha salvado el presupuesto más de una vez.
En ciudades con mucha afluencia turística, como Venecia, Dubrovnik o Praga, esta estrategia es casi imprescindible. Si tienes curiosidad sobre cuáles son los centros históricos más visitados del mundo, la UNESCO mantiene un listado actualizado de sitios Patrimonio de la Humanidad que también sirve de guía para saber dónde concentrar (y dónde evitar) el gasto.
4. Aplicaciones y comunidades de viajeros
No soy muy de fiarme ciegamente de las apps de reseñas masivas porque los algoritmos priorizan cosas que no siempre tienen que ver con la calidad ni con el precio. Pero sí uso algunas herramientas concretas:
- Grupos locales de Facebook o Reddit del destino: suelen tener hilos donde los propios residentes recomiendan dónde comen ellos.
- Blogs de viajeros locales escritos en el idioma del país: si me tomo el tiempo de traducirlos, la información es mucho más fiable que la mayoría de guías turísticas.
- Preguntar en el alojamiento, especialmente si es un hostal familiar o un pequeño hotel independiente. Los recepcionistas locales suelen saber perfectamente dónde ir y, si les preguntas con respeto, te cuentan sus sitios favoritos sin problema.
- Pasear sin rumbo fijo a la hora de comer: si un sitio tiene la mayoría de mesas ocupadas por personas que no parecen turistas, suele ser buena señal.

Lo que aprendí sobre la comida callejera
Tengo una relación de amor con el street food. Lo como en prácticamente todos los países que visito y solo me ha dado problemas muy contadas veces, generalmente cuando ignoré señales evidentes de que algo no estaba bien. Comer en la calle no es sinónimo de comer mal ni de arriesgarse innecesariamente, siempre que se apliquen unos criterios básicos de sentido común.
La comida callejera tiene también una dimensión cultural enorme. En países como India, México, Tailandia o Marruecos forma parte del patrimonio cultural inmaterial de sus comunidades. Comérsela es, literalmente, participar en algo que lleva siglos transmitiéndose de generación en generación.
Mis criterios para elegir un puesto callejero
- Que haya mucha gente esperando o comiendo: señal de rotación alta y producto fresco.
- Que la comida se prepare delante de ti o esté recién hecha.
- Que el puesto tenga aspecto de llevar tiempo ahí, no de haber aparecido esa mañana para turistas.
- Que el precio esté a la vista o que te lo digan antes de que pidas.
- En destinos de clima caluroso, desconfiar de preparaciones que lleven mucho tiempo expuestas al sol.
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El supermercado como aliado estratégico
Esto me lo enseñó un viaje muy largo con presupuesto muy ajustado, y desde entonces no lo he abandonado. El supermercado local es una mina de información cultural y una herramienta de ahorro brutal. Entrar en un supermercado en Japón, en Grecia o en Colombia y ver qué compra la gente, qué productos locales existen, cuáles son las marcas más populares… es una experiencia en sí misma.
Además, desayunar con productos comprados la noche anterior, preparar algún picnic en un parque o simplemente tener fruta y frutos secos en la mochila para no caer en la trampa de parar en cualquier sitio cuando el hambre aprieta, marca una diferencia real en el gasto total del viaje.
Cómo gestionar el presupuesto de comida día a día
No soy muy de spreadsheets ni de apuntar cada euro, pero sí tengo un sistema sencillo que me funciona: me asigno un presupuesto diario de comida y lo divido en tres franjas. Desayuno ligero y barato (o gratis si el alojamiento lo incluye), comida como la ingesta principal del día en algún sitio sentada, y cena frugal o callejera. Así puedo permitirme algún día especial, una cena con vistas o un restaurante recomendado, sin sentir que lo estoy pagando durante el resto del viaje.
Cuando viajo por zonas rurales o por destinos menos turísticos, el presupuesto se relaja solo porque los precios son estructuralmente más bajos. Cuando estoy en capitales europeas caras o en destinos muy turísticos, aplico con más rigor las estrategias anteriores.

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Consejos prácticos: lo que le contaría a una amiga antes de su primer viaje largo
Mira, si tuviera que sentarme contigo un rato antes de que te vayas de viaje y darte los consejos más útiles sobre comida y presupuesto, te diría esto:
- Presupuesto: Antes de salir, investiga cuál es el rango de precios habitual para comer en tu destino. No el de los restaurantes turísticos de TripAdvisor, sino el del menú del día o la comida callejera. Con esa referencia puedes calcular de forma realista cuánto necesitas al día. Muchas webs oficiales de turismo de cada país publican guías de presupuesto orientativas; búscalas.
- Transporte hasta la comida: A veces merece la pena coger el metro o el autobús unos pocos stops para alejarse del centro y comer mejor por menos. El coste del transporte público local suele ser irrisorio comparado con el ahorro en la comida.
- Mejor época para mercados y fiestas gastronómicas: Muchos destinos tienen ferias, mercados especiales o festivales de comida en épocas concretas del año. Consulta el calendario turístico oficial del destino antes de reservar: puede ser una razón más para elegir las fechas.
- Idioma y señalar con el dedo: No tengas vergüenza de señalar lo que hay en el plato del de al lado. En la mayoría del mundo esto se entiende perfectamente y nadie se ofende. Es, además, la forma más infalible de pedir lo que está bueno ese día.
- Alergias e intolerancias: Si tienes alguna, lleva siempre una tarjeta escrita en el idioma local explicándolo. La Organización Mundial de la Salud recuerda que las alergias alimentarias son un asunto serio, y en países donde la comunicación es difícil, una tarjeta puede ahorrarte un disgusto real.
- Agua: Infórmate antes de llegar sobre si el agua del grifo es potable en tu destino. En muchos países no lo es y comprar botellas de agua continuamente es un gasto silencioso que se acumula. Llevar una botella con filtro puede ser una inversión que se amortiza rápido.
- Come donde come la gente a las horas locales: Esto parece una tontería pero no lo es. Si llegas a comer a la hora española en un país donde se come dos horas antes, puede que el menú del día ya esté agotado y te toque pagar la carta. Ajusta tus horarios a los del destino y notarás la diferencia.
Y un último apunte personal: la comida más memorable de mis diez años viajando no ha sido en ningún restaurante con estrella ni en ningún sitio especialmente caro. Ha sido en comedores sin nombre, en mercados con plástico en el suelo y en cocinas familiares donde me invitaron a quedarme a comer por casualidad. La autenticidad no tiene precio de entrada, pero tampoco suele cobrar demasiado.


