Cuando le dije a mi familia que me iba a Bolonia, la respuesta fue prácticamente unánime: «¿Eso no es una ciudad de paso para ir a Florencia?». Y yo, que ya había empezado a investigar, me limité a sonreír. Porque Bolonia no es una ciudad de paso. Bolonia es un destino que se merece toda tu atención, todo tu tiempo y, sobre todo, todo tu apetito. La visité por primera vez un octubre lluvioso y desde entonces he vuelto dos veces más. No es casualidad.
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Por qué Bolonia es la gran olvidada del turismo italiano
Italia tiene un problema de exceso de estrellas. Roma, Florencia, Venecia, Milán, Nápoles… el listado de ciudades «obligatorias» es tan largo que ciudades como Bolonia quedan relegadas a un segundo plano injusto. Y digo injusto porque Bolonia tiene todo lo que le pedimos a un destino italiano: historia medieval, arquitectura impresionante, cultura vibrante y una gastronomía que, sin exageración, está entre las mejores del país.
La ciudad es la capital de la región de Emilia-Romaña, una de las regiones con mayor tradición culinaria de toda Europa. Aquí se producen el parmesano, el prosciutto di Parma, el mortadela y, claro, la pasta fresca artesanal que me cambió la vida. No es marketing, es geografía.
Además, Bolonia alberga la universidad más antigua del mundo occidental, fundada en el año 1088, lo que le da una energía estudiantil y bohemia que contrasta con el aire solemne de otras ciudades italianas. Las calles están llenas de jóvenes, los bares son baratos (para ser Italia), y hay una vida cultural constante que pocas ciudades turísticas pueden ofrecer.
Los pórticos: caminar bajo la historia sin mojarse
Una de las primeras cosas que noté al llegar fue que, aunque llovía, casi nadie llevaba paraguas. La razón es arquitectónica y extraordinaria: Bolonia tiene más de 40 kilómetros de pórticos cubiertos que recorren la ciudad entera, permitiéndote moverte de un barrio a otro prácticamente sin exponerte a la lluvia.
Estos pórticos no son un capricho urbanístico. Son parte de la identidad histórica y cultural de la ciudad, y en 2021 fueron declarados Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO. Pasear bajo ellos al atardecer, cuando la luz anaranjada rebota en la piedra rojiza de los edificios, es una de las experiencias más bonitas que he tenido viajando por Europa. Y mira que he pisado mucho adoquín.
El pórtico más largo del mundo también está aquí: el que sube al Santuario della Madonna di San Luca, con casi cuatro kilómetros de arcos continuos. Yo lo hice un domingo por la mañana, con la ciudad aún dormida, y llegué arriba con las piernas quemadas y una vista de Bolonia que valía cada paso.
Qué ver en Bolonia: más allá de la Piazza Maggiore
La Piazza Maggiore y la Basilica di San Petronio
Sería raro no mencionar el centro neurálgico de la ciudad. La Piazza Maggiore es grande, austera y poderosa. La domina la Basilica di San Petronio, una iglesia que se quedó sin terminar por razones políticas y presupuestarias, y que por eso tiene esa fachada mitad mármol, mitad ladrillo desnudo que la hace única. Dentro hay una línea meridiana en el suelo, trazada en el siglo XVII, que aún hoy se usa para medir el tiempo solar. Yo pasé veinte minutos mirándola sin saber muy bien qué estaba sintiendo. Algo entre fascinación y pequeñez, supongo.
Las Torres Medievales
En la Edad Media, Bolonia tenía más de cien torres. Hoy quedan unas veinte, y las dos más famosas —la Torre degli Asinelli y la Torre Garisenda— se pueden ver desde casi cualquier punto de la ciudad. Subir a la Asinelli son casi 500 escalones, pero la vista desde arriba justifica cada resuello. La Garisenda, la más pequeña y torcida, está actualmente en proceso de restauración; consulta el estado antes de visitarla en la web oficial de turismo de Bolonia.
El Barrio del Quadrilatero
Si tienes un solo lugar para perderte en Bolonia, que sea el Quadrilatero, el mercado histórico que ocupa varias calles del centro. Aquí los puestos de mortadela, queso, pasta fresca, aceitunas y vino se mezclan con el ruido de los vendedores y el olor imposible de describir sin salivar. Yo entré a comprar un trozo de parmesano y salí con una bolsa llena de cosas que no sabía que necesitaba.

La pasta en Bolonia: una religión con receta oficial
Ahora llegamos a lo que de verdad me convirtió en fan incondicional de esta ciudad: la comida. Y dentro de la comida, la pasta.
Porque Bolonia no solo presume de tener buena pasta. Es que aquí la pasta es una institución con normas, historia y hasta una receta oficial depositada en la Cámara de Comercio de Bolonia. En serio. El ragù boloñés auténtico, el que se usa para acompañar los tagliatelle, está registrado desde 1982. Y no, no lleva espagueti. Eso es una herejía que los boloñeses no perdonan.
Los tagliatelle al ragù que comí en una trattoria sin nombre en una callejuela cerca del mercado fueron, sin exageración, el plato de pasta más bueno que he probado en mi vida. La pasta era casera, hecha esa misma mañana, con una textura suave pero con cuerpo. La salsa llevaba horas cocinándose y se notaba en cada bocado.
Pero Bolonia no es solo ragù. Aquí también tienes que probar:
- Tortellini in brodo: pequeños pastelitos de pasta rellenos de carne servidos en caldo. El plato más reconfortante del mundo cuando hace frío.
- Lasaña verde: hecha con pasta al espinaca, la versión original y bastante diferente a la que conocemos.
- Mortadela: no el fiambre industrial que ponemos en los bocadillos. La mortadela de Bolonia es otra cosa: cremosa, con trozos de pistacho, con una grasa que se deshace.
- Crescentine: unos panecillos fritos que se comen con embutidos y quesos. Los descubrí en una osteria y pedí dos raciones.
Si quieres aprender a hacer pasta en Bolonia, hay talleres de cocina para turistas. Los precios suelen rondar los 60-80 euros por persona dependiendo del taller y la duración, pero merece muchísimo la pena como experiencia.
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La vida universitaria y el ambiente de la ciudad
Algo que me sorprendió de Bolonia es que no parece un parque temático turístico. La ciudad tiene vida propia, y esa vida gira en gran medida alrededor de su universidad. Hay librerías por todos lados, cafés donde la gente lee y debate, carteles de conciertos y exposiciones pegados en las columnas de los pórticos.
Por las tardes, la zona de Via del Pratello y los alrededores de Piazza Verdi se llenan de estudiantes y locales tomando aperitivo. El spritz es la bebida social por excelencia, y en muchos bares viene acompañado de un pequeño tentempié gratuito. Es la versión italiana del happy hour y es maravillosa.
Yo me senté una tarde en una terraza con mi cuaderno, pedí un Aperol spritz y estuve dos horas observando la ciudad pasar. Esos momentos, que no aparecen en ninguna guía turística, son los que hacen que quieras volver.

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Cuándo ir
La mejor época para visitar Bolonia es la primavera (abril y mayo) y el otoño (septiembre y octubre). El verano puede ser bastante caluroso y húmedo, y en agosto muchos locales cierran porque los propios italianos se van de vacaciones. El invierno tiene su encanto, especialmente en diciembre con los mercados navideños, pero hace frío de verdad.
Cómo llegar
Bolonia tiene un aeropuerto internacional bien conectado con varias ciudades europeas. También es un nudo ferroviario importante: desde Milán en tren son menos de dos horas, y desde Florencia menos de una. El tren de alta velocidad italiano, el Frecciarossa, para en Bolonia y la conecta perfectamente con el resto del país. Puedes consultar horarios y billetes en la web de Trenitalia.
Dónde alojarse
El centro histórico es la mejor zona para alojarse: estarás a pie de todo. Hay opciones para todos los presupuestos, desde hostels con buenas reseñas hasta hoteles boutique con mucho encanto. Los precios suelen ser más razonables que en Roma o Florencia, lo cual es un alivio.
Presupuesto orientativo
- Bolonia es más asequible que otras ciudades turísticas italianas, especialmente en restauración.
- Comer en una trattoria local suele costar menos que en un restaurante orientado al turismo. Busca donde coman los universitarios: bueno, abundante y barato.
- Muchos museos y espacios culturales tienen días con entrada gratuita o reducida; consulta la web oficial de cada lugar antes de ir.
- El transporte interno en la ciudad es muy cómodo a pie gracias a los pórticos. No necesitarás transporte público para moverse por el centro.
Cuántos días necesitas
Con tres días completos puedes ver lo esencial con calma: el centro histórico, subir a una torre, visitar el Quadrilatero, hacer la caminata de San Luca y darte algún capricho gastronómico. Si te quedas cuatro o cinco días, puedes hacer excursiones a Módena (a menos de media hora en tren), donde está la catedral del Patrimonio UNESCO y el aceto balsámico más famoso del mundo.
Un consejo que nadie te va a dar
Reserva una mesa para cenar. En serio. Las trattorias buenas, las de verdad, tienen pocas mesas y se llenan rápido. Yo aprendí esta lección a las malas, merodeando hambrienta por las calles un martes por la noche. Desde entonces llamo antes, siempre.


