Reconozco que la primera vez que fui a Mallorca era una de esas turistas. Tumbona, crema solar factor 50, chiringuito a pie de piscina. Y no me arrepiento, porque descansar también es viajar. Pero la segunda vez, algo cambió. Cogí un coche de alquiler un martes por la mañana, puse rumbo al interior de la isla sin demasiado plan, y encontré una Mallorca que no sale en los carteles de los aeropuertos. Una isla que huele a romero, que tiene pueblos donde la gente se saluda por el nombre, y que esconde calas a las que se llega bajando un camino de cabras. Esta es la Mallorca que quiero contarte hoy.
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La Serra de Tramuntana: donde la isla respira de verdad
Si hay un lugar que resume todo lo que me enamoró de Mallorca, ese es la Serra de Tramuntana. Esta cadena montañosa recorre el noroeste de la isla durante unos noventa kilómetros y, desde 2011, está reconocida como Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO por su paisaje cultural, resultado de siglos de convivencia entre el ser humano y una naturaleza bastante exigente. No es solo que sea bonita, que lo es muchísimo. Es que tiene una personalidad propia que te sacude.
La primera vez que conduje por la carretera de la cornisa, entre Valldemossa y Deià, casi tuve que parar el coche. No por el vértigo —que también—, sino porque la vista del Mediterráneo entre pinos y olivares centenarios era de esas que no caben en una fotografía. El viento, ese que llaman tramontana, soplaba con ganas. Y yo pensé: aquí vive algo que el sur playero de la isla no tiene.
Deià: el pueblo que los artistas no han podido olvidar
Deià es uno de esos lugares que parece diseñado para que te quedes. Casas de piedra color miel apiladas en una ladera, un campanario que sobresale entre los tejados, y un silencio que solo rompen los pájaros y, de vez en cuando, el motor de algún coche que sube despistado. No es casualidad que escritores como Robert Graves eligieran este rincón para vivir y trabajar durante décadas. La Casa de Robert Graves, hoy convertida en museo, merece una visita tranquila y sin prisas.
Yo llegué a Deià un miércoles a mediodía y me tomé un café con leche en la única terraza del pueblo. La señora de la mesa de al lado me preguntó de dónde era. Estuvimos hablando un buen rato. Eso no me ha pasado nunca en Magaluf.
Valldemossa: más que el recuerdo de Chopin
A pocos kilómetros al sur, Valldemossa es famosa porque Frédéric Chopin y George Sand pasaron allí un invierno que el músico describió como bastante miserable, pero que a nosotros nos ha dejado la Real Cartuja, un monasterio imponente que hoy funciona como museo. Pero más allá de la anécdota romántica, Valldemossa tiene unas calles empedradas, unos geranios en las ventanas y una panadería donde venden cocas de patata que justifican solas el desvío.
- Llega pronto, antes de que lleguen los autocares.
- Sube hasta la parte alta del pueblo para las mejores vistas.
- Prueba la coca de patata: es el dulce típico del pueblo y está absurdamente buena.
Pueblos del interior que el GPS no te va a recomendar
Una de las mejores decisiones que tomé fue alejarme de la costa durante un par de días y meterme en el interior de la isla. Mallorca tiene una red de pueblos pequeños, casi todos construidos alrededor de una iglesia y una plaza, que conservan una calma que en la costa ya no existe.
Sóller y su valle de naranjos
Sóller me conquistó antes de llegar. El tren de madera que sale de Palma, el Ferrocarril de Sóller, ya es una experiencia en sí misma: atraviesa túneles, bordea barrancos y aparece de repente en un valle tapizado de naranjos. El pueblo en sí tiene una plaza modernista preciosa, un mercado los sábados, y desde allí puedes coger el tranvía histórico hasta el Puerto de Sóller, que es infinitamente más tranquilo que otros puertos de la isla.
Sineu: el mercado más antiguo de Mallorca
Si puedes organizar tu visita para un miércoles, no te pierdas el mercado de Sineu. Se celebra desde la Edad Media y es, según dicen los propios mallorquines, el más auténtico de la isla. Hay frutas, verduras, artesanía, animales de granja, y una energía de pueblo real que no tiene nada que ver con los mercados montados para turistas. Yo compré un queso curado y un tarro de miel que me duró hasta llegar a casa.
Petra: el pueblo de Fray Junípero Serra
Pocos saben que Petra, un pueblo tranquilo en el Pla de Mallorca, es el lugar de nacimiento de Fray Junípero Serra, el fraile mallorquín que fundó varias de las misiones que hoy son ciudades de California, como San Francisco o San Diego. Hay una pequeña casa museo y una estatua en su honor. El pueblo es pequeño, pero tiene ese encanto de los lugares donde el tiempo parece haberse ralentizado un poco.

Calas secretas (o casi): el Mediterráneo sin sombrilla pegada a la tuya
Hablemos de playas. Sé que todos vienen a Mallorca por las playas. Y tienen razón: el agua es de ese azul que parece mentira hasta que la tienes delante. Pero no todas las calas están saturadas. Hay que saber buscar, hay que estar dispuesta a caminar un poco, y hay que aceptar que algunas no tienen bar ni ducha.
- Cala Tuent: Al noroeste, en plena Serra de Tramuntana, es una de las pocas calas de la zona con acceso rodado razonable. El paisaje de montaña cayendo al mar es espectacular.
- Cala Figuera (Santanyí): No confundir con el pueblo del mismo nombre. Esta cala tiene aguas cristalinas y está rodeada de pinos. Mejor llegar pronto en verano.
- Sa Calobra: La carretera para bajar es una de las más famosas del mundo del ciclismo, con curvas que doblan sobre sí mismas. El paisaje, brutal. El aparcamiento, caótico en agosto. Ve en temporada baja o muy temprano.
- Cala des Moro: Pequeña, de piedra blanca, agua turquesa. Una de las más fotografiadas del sureste. Llega antes de las diez si vas en julio o agosto.
Mi truco personal: pregunta en el pueblo más cercano. Siempre hay alguien que conoce una cala sin nombre en el mapa que nadie frecuenta porque el camino es incómodo. Esas son las mejores.
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Palma, pero sin quedarte solo en el centro histórico
Palma merece más de una tarde. La Catedral de Santa María, conocida como La Seu, es imponente desde la bahía y sorprende por dentro con la intervención de Gaudí en su interior. Pero lo que a mí me encantó fue perderme por el barrio de Santa Catalina, que ha vivido una transformación brutal en los últimos años y hoy tiene mercado, cafeterías con personalidad y una energía muy distinta a la del centro histórico para turistas.
También recomiendo el barrio de El Terreno, algo más de fiar para encontrar bares de toda la vida, y el Passeig des Born al caer la tarde, cuando los palmesanos salen a pasear y la ciudad es de ellos otra vez.

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Consejos prácticos: lo que le contaría a una amiga antes de su viaje
Cuándo ir
Mi recomendación sin dudarlo: mayo, junio o septiembre. El agua ya está buena (o casi), el sol acompaña, y no te vas a pelear por sitio en ningún lado. Julio y agosto son perfectamente disfrutables si tienes paciencia y madrugas, pero los precios se disparan y la isla recibe millones de visitantes. En octubre también puede hacer muy buen tiempo y la Serra de Tramuntana en otoño tiene colores que quitan el hipo.
Cómo moverse
- Coche de alquiler: Imprescindible si quieres explorar el interior y llegar a calas poco accesibles. Reserva con antelación, especialmente en verano. Los precios suelen variar mucho según la temporada.
- Tren y autobús: La red de Transports de les Illes Balears (TIB) conecta bien Palma con varios pueblos. Es lenta pero económica y pintoresca.
- Bicicleta: La Serra de Tramuntana es un destino de ciclismo de primer nivel mundial. Si pedaleas, ya sabes.
Dónde dormir
Los agroturismos del interior son una opción maravillosa y bastante característica de Mallorca. Son fincas reconvertidas en alojamiento rural, suelen tener piscina entre almendros y un desayuno con productos locales que da ganas de quedarse a vivir. Los precios suelen rondar los de un hotel de tres o cuatro estrellas, pero la experiencia no tiene comparación. También hay casas de pueblo en alquiler vacacional que salen muy bien si vas en grupo.
Presupuesto orientativo
Mallorca no es el destino más barato del Mediterráneo, pero tampoco tiene que salir una fortuna si te organizas bien. Comer en el mercado o en bares del interior es bastante más económico que hacerlo en la primera línea de playa. Los menús del día en pueblos del interior suelen rondar los precios habituales de la hostelería española, muy por debajo de lo que te cobrarán en un restaurante turístico de Alcúdia o Puerto Pollença.
Qué meter en la mochila
- Calzado cómodo para caminar por caminos de tierra (las calas a veces requieren un pequeño senderismo).
- Una chaqueta ligera, incluso en verano: la tramontana puede sorprenderte al caer la tarde en la Serra.
- Mucha agua: en los caminos al interior y en las rutas a calas, no siempre hay fuentes ni bares.
- Efectivo: algunos mercados y bares pequeños no aceptan tarjeta.
Un último apunte personal
Aprende dos palabras en mallorquín: gràcies (gracias) y bon dia (buenos días). No hace falta más. Pero cuando entras en una panadería de un pueblo pequeño y das los buenos días en mallorquín, la señora detrás del mostrador te sonríe de una manera diferente. Y eso, te lo juro, vale más que cualquier cala.


