Hay destinos que te entran por los ojos y otros que te entran por el paladar. La Rioja tiene la rara virtud de hacer ambas cosas a la vez. Cuando llegué por primera vez a esta pequeña comunidad autónoma del norte de España, no sabía muy bien qué esperarme. Pensaba en vino, claro, porque sería imposible no hacerlo, pero no estaba preparada para la cantidad de capas que tiene este territorio: los paisajes de viñedo interminables, los pueblos medievales que parecen sacados de un cuento, las bodegas que son auténticas obras de arte y esa gastronomía que te deja sin palabras. Si estás pensando en escaparte a La Rioja, déjame contarte cómo fue mi experiencia y por qué ya estoy planeando volver.
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La Rioja, mucho más que una botella de vino
Lo primero que me sorprendió al llegar fue la escala humana de todo. La Rioja es la comunidad autónoma más pequeña de España en términos de extensión, pero tiene una densidad de experiencias que avergüenza a destinos diez veces más grandes. Su capital, Logroño, es una ciudad acogedora y muy fácil de recorrer a pie, con un casco histórico animado y una calle del Laurel que se ha ganado fama nacional por sus pinchos y su ambiente. Pero lo que de verdad me conquistó fue salir de la capital y adentrarme en la comarca del Rioja Alta y la Rioja Alavesa, donde los pueblos y las bodegas se suceden uno tras otro como las cuentas de un collar.
La región lleva siglos ligada a la cultura del vino. De hecho, La Rioja tiene la primera mención escrita conocida de la palabra «vino» en castellano, en unos textos del monje Gonzalo de Berceo, uno de los primeros poetas en lengua castellana, que vivió precisamente aquí en el siglo XIII. Ese peso histórico se nota en cada rincón. No es solo una región vinícola; es la cuna de algo mucho más grande.
Bodegas que son una experiencia en sí mismas
Si hay algo que distingue al enoturismo riojano de otros destinos vitivinícolas es la apuesta por la arquitectura. Algunas bodegas de la zona han encargado sus instalaciones a arquitectos de renombre internacional, y el resultado es una mezcla fascinante de tradición y vanguardia que no esperas encontrar entre campos de viñas.
Marqués de Riscal: la ciudad del vino
No podía irme de La Rioja sin visitar lo que muchos llaman la «ciudad del vino». Las instalaciones de Marqués de Riscal, en Elciego, incluyen un hotel diseñado por Frank Gehry, el mismo arquitecto detrás del Museo Guggenheim de Bilbao. Las titanias de colores que ondean sobre la bodega son surrealistas en medio del paisaje de viñedos, y las visitas guiadas permiten recorrer las instalaciones y terminar, claro, con una cata. Consulta los horarios y la disponibilidad actualizada en su web oficial, porque las plazas se llenan rápido, especialmente en temporada alta.
Ysios: minimalismo entre montañas
Otra bodega que me dejó sin palabras fue Ysios, también en la Rioja Alavesa, diseñada por Santiago Calatrava. Su cubierta ondulada imita el perfil de la Sierra de Cantabria que tiene justo detrás, y la foto que saques desde la explanada delantera va directa al fondo de pantalla. La visita incluye el recorrido por las instalaciones y una cata de sus vinos, con opción a maridaje con productos locales. Una de esas experiencias que combinas bien con la ruta de pueblos de los alrededores.
Bodegas más íntimas y familiares
Más allá de las grandes firmas, La Rioja también tiene un tejido de bodegas familiares que ofrecen visitas mucho más íntimas y personales. En algunas de ellas el propio viticultor te enseña la finca, te explica cómo trabajan y te invita a probar directamente de la barrica. Estas experiencias suelen ser más económicas y, en mi opinión, igual de memorables. Pregunta en la oficina de turismo local o revisa la web oficial de turismo de La Rioja para encontrar las que mejor se adapten a tus gustos.

Pueblos con encanto que no puedes perderte
Si hay algo que me gusta hacer cuando viajo es detenerme en los pueblos pequeños que no siempre salen en los titulares. La Rioja tiene varios que merecen toda la atención del mundo.
Briones
Briones es uno de los pueblos más bonitos de La Rioja y uno de esos lugares que parece que el tiempo no ha tocado demasiado. Sus calles empedradas, sus casas de piedra dorada y su mirador sobre el valle del Ebro con los viñedos al fondo son una postal perfecta. Además, aquí se encuentra el Museo de la Cultura del Vino Dinastía Vivanco, uno de los museos del vino más completos de España, con una colección que va desde aperos de labranza antiguos hasta arte relacionado con la viticultura. Merece perfectamente una visita de medio día.
San Vicente de la Sonsierra
Este pueblo, coronado por un castillo medieval, es otro de esos que te hacen parar el coche en medio de la carretera solo para mirar. San Vicente de la Sonsierra tiene una tradición centenaria de cofradías de disciplinantes que todavía se celebra en Semana Santa, pero más allá de eso, el simple hecho de pasear por sus calles y sentarse a tomar un vino en su plaza ya justifica la visita.
Haro, la capital del vino
Si Logroño es la capital administrativa, Haro es, para mucha gente, la capital espiritual del vino riojano. Aquí se concentra el llamado Barrio de la Estación, un conjunto de bodegas históricas construidas junto a la antigua estación de ferrocarril a finales del siglo XIX. Pasear por allí da una perspectiva histórica muy interesante sobre cómo el ferrocarril transformó el comercio del vino en la región. Y si tienes suerte de ir a finales de junio, la Batalla del Vino de Haro es una de las fiestas más peculiares y divertidas que he visto en mi vida.
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El Camino de Santiago y el monasterio de San Millán
La Rioja es tierra de paso del Camino de Santiago, y eso ha dejado una huella cultural e histórica profunda en todo el territorio. Uno de los lugares más impresionantes que visité fue el conjunto monástico de San Millán de la Cogolla, declarado Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO. Allí están los monasterios de Suso y Yuso, donde se conservan las Glosas Emilianenses, consideradas las primeras palabras escritas en castellano y en euskera. Que en un rincón tan apartado de la sierra riojana esté el acta de nacimiento del español me pareció algo difícil de asimilar en el momento, y eso que fui bastante preparada.
La visita al monasterio de Yuso es guiada y absolutamente recomendable. El de Suso requiere un pequeño paseo por el monte y tiene aforo limitado, así que conviene reservar con antelación a través de la web oficial del conjunto monástico.

La gastronomía riojana: más allá del vino
El vino se lleva toda la fama, pero la gastronomía riojana tiene mucho más que ofrecer. Las patatas a la riojana con chorizo son ese plato de cuchara que reconforta en cualquier época del año. Las pochas (alubias frescas) guisadas con verduras son otro clásico que nunca falla. Y el pimiento riojano, con denominación de origen propia, está en casi todas las mesas.
En Logroño, la Calle del Laurel y sus alrededores son el epicentro del tapeo. El ambiente de un jueves o viernes por la tarde es una experiencia en sí misma: la gente se mueve de bar en bar con el vino en mano, los pinchos se renuevan constantemente y la energía es contagiosa. Yo me quedé más tiempo del que tenía planeado, y no me arrepiento en absoluto.
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Consejos prácticos para tu viaje a La Rioja
Aquí te cuento lo que yo le diría a una amiga antes de que metiera la maleta:
- Cuándo ir: La época más bonita visualmente es el otoño, entre octubre y noviembre, cuando los viñedos se tiñen de rojo, naranja y amarillo. La vendimia, que suele comenzar en septiembre, es otro momento especial con mucho ambiente en las bodegas. La primavera también es preciosa y tiene menos turistas. El verano puede ser muy caluroso.
- Cómo moverse: Lo más cómodo es ir en coche, sin duda. La Rioja no tiene una red de transporte público que conecte bien los pueblos y bodegas entre sí. Si vas en coche, ojo con las catas: desígnate un conductor o plantéate hacer las rutas en dos días para poder disfrutar sin preocupaciones.
- Presupuesto: La Rioja es un destino bastante accesible. Las visitas a bodegas suelen rondar los diez o quince euros por persona para una visita básica con cata, aunque las más exclusivas pueden subir bastante más. La comida en restaurante de menú del día tiene precios muy razonables en la mayoría de los pueblos.
- Dónde alojarse: Logroño es la base más práctica para explorar la región. Si buscas algo más especial, algunos hoteles de bodegas ofrecen una experiencia única, aunque a un precio mayor. Haro también es una buena opción si quieres estar en el corazón del viñedo.
- Reserva con antelación: Las visitas a Marqués de Riscal, al conjunto monástico de San Millán y a algunas bodegas de renombre hay que reservarlas con tiempo, especialmente en puentes y fines de semana largos. No lo dejes para el último momento o te quedarás fuera.
- Turismo oficial: La web de Turismo de La Rioja tiene rutas del vino, listados de bodegas con visita y mapas muy útiles. Es el punto de partida perfecto para organizar tu itinerario.
- Duración del viaje: Con tres o cuatro días tienes tiempo suficiente para ver lo más importante sin ir con prisas. Si puedes alargar a cinco días, podrás perderte por los pueblos con más calma, que es como realmente se disfruta.
Una última cosa: no te obsesiones demasiado con el itinerario. Los mejores momentos de mi viaje a La Rioja fueron los que no tenía planeados: una conversación con un bodeguero que me invitó a ver sus barricas, un atardecer desde un mirador que encontré casi por casualidad, y una comida que se alargó tres horas porque el vino y la conversación no querían terminar. Eso, al final, es La Rioja.


