Hay ciudades que te sacuden por dentro desde el primer momento en que pones un pie en ellas. La Habana es una de esas. Cuando el taxi me llevaba desde el aeropuerto José Martí hacia el centro, con las ventanas bajadas y un calor húmedo entrando de golpe, vi pasar el primer almendron —así llaman los cubanos a esos enormes coches americanos de los años cincuenta— y pensé: esto no se parece a ningún sitio que haya visitado antes. Y tenía razón. La Habana es una ciudad que vive atrapada en un tiempo propio, con sus propias reglas, sus propios ritmos y una energía que te engancha sin pedirte permiso.
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La Habana Vieja: caminar entre siglos
Mi primera mañana la dediqué entera a perderme por La Habana Vieja, el casco histórico declarado Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO en 1982. Y lo de «perderme» lo digo literalmente: dejé el mapa en la habitación a propósito. Hay ciudades que solo se entienden cuando las caminas sin brújula.
Las calles empedradas, los balcones con la pintura descascarada, la ropa tendida entre ventanas de colores… todo tiene esa textura de lo vivido, de lo auténtico. No es un decorado. Es la vida real de miles de habaneros que te saludan, que te ofrecen fruta desde un portal, que te preguntan de dónde eres con una curiosidad genuina que pocas veces he encontrado en otros destinos turísticos.
Las plazas que no puedes perderte
La Habana Vieja se articula alrededor de varias plazas históricas que merecen cada minuto de tu tiempo:
- Plaza de la Catedral: con su fachada barroca asimétrica y sus terrazas con música en directo. Me tomé el primer café cubano aquí, fuerte y dulce, en un vasito diminuto.
- Plaza de Armas: llena de vendedores de libros antiguos y carteles de la Revolución. Un lugar para curiosear sin prisa.
- Plaza Vieja: quizás la más animada, con sus edificios restaurados y una cervecería artesanal que olía de maravilla a las once de la mañana.
- Plaza de San Francisco de Asís: más tranquila, con su iglesia imponente y los músicos que tocan son cubano a la sombra.
Puedes encontrar más información sobre el casco histórico en la web de la Oficina del Historiador de La Habana, que lleva décadas trabajando en la restauración del patrimonio colonial.
Los almendrones: viajar en el tiempo sobre cuatro ruedas
Si hay algo que hace única a La Habana en todo el planeta, son sus coches clásicos americanos. No son una atracción turística montada para la foto. Son el transporte cotidiano de muchos habaneros y, al mismo tiempo, el símbolo más reconocible de una ciudad que quedó congelada en los años previos al embargo.
Según recoge Wikipedia en su artículo sobre La Habana, la ciudad conserva una de las flotas de vehículos de los años cuarenta y cincuenta más grandes del mundo, mantenidas con una mezcla de ingenio, piezas improvisadas y mucho amor por la mecánica.
Yo contraté un paseo en uno de estos coches —un Chevrolet Bel Air de color turquesa que brillaba como si acabara de salir de fábrica— para recorrer el Malecón al atardecer. El conductor se llamaba Reinaldo y llevaba veinte años al volante de ese mismo coche que heredó de su padre. Me contó que conoce cada sonido del motor como si fuera música. Eso es La Habana: historia con motor propio.
¿Cómo contratar un paseo en almendrón?
- Los encontrarás aparcados en las principales plazas turísticas, especialmente en La Habana Vieja y frente al Capitolio.
- Negocia el precio siempre antes de subir. Los precios suelen variar según el recorrido y la duración.
- Pide que te lleven por el Malecón y el Vedado: esa combinación es imbatible al atardecer.
- Si quieres algo más auténtico y económico, los almendrones también funcionan como colectivos en algunas rutas fijas de la ciudad.

Mojitos, daiquirís y la ruta Hemingway
Hablar de La Habana sin hablar de sus cócteles sería como hablar de Roma sin mencionar la pasta. La ciudad tiene una cultura del ron y de la coctelería que va mucho más allá del turismo: es parte de su identidad.
Ernest Hemingway pasó más de veinte años en Cuba y dejó su huella en dos bares que hoy son parada obligatoria para cualquier viajero:
La Bodeguita del Medio
Aquí nació, según la leyenda, el mojito tal como lo conocemos. Las paredes están cubiertas de firmas, fotos y frases escritas por visitantes de todo el mundo durante décadas. El ambiente es ruidoso, apretado, lleno de música en directo. Pedí un mojito y lo miré un momento antes de beberlo: hierbabuena fresca, ron cubano, lima, azúcar, un toque de agua con gas. Sencillo. Perfecto. La dirección exacta la tienes en su web oficial.
El Floridita
A pocos minutos a pie, el Floridita es el templo del daiquirí. Hay una estatua de Hemingway en la barra, apoyado como si nunca se hubiera ido. El ambiente es más elegante y el daiquirí helado que sirven allí es uno de esos sabores que se te quedan grabados. Los precios en ambos bares son más altos que en otros establecimientos locales, pero la experiencia forma parte del viaje.
Si quieres explorar la Habana de Hemingway más a fondo, la Finca Vigía, donde vivió el escritor y que hoy es museo, merece una visita. Está a las afueras de la ciudad y puedes llegar en taxi.
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El Malecón: el salón de estar de La Habana
El Malecón habanero es, para mí, uno de los paseos marítimos más emocionantes del mundo. No porque sea el más bonito ni el más cuidado —en muchos tramos el mar ha ganado la batalla al hormigón—, sino por lo que ocurre allí a cualquier hora del día.
Por la mañana, pescadores con sus cañas. Por la tarde, parejas sentadas en el muro mirando el mar. Al atardecer, músicos, familias enteras, jóvenes con botellas de ron, turistas con cámaras. Y de noche, el Malecón se convierte en algo difícil de describir: una fiesta improvisada y espontánea que nadie ha organizado pero que ocurre igual, cada noche, desde hace décadas.
Yo me senté en el muro una tarde con una lata de Cristal —la cerveza cubana por excelencia— y estuve ahí quieta casi dos horas. Viendo pasar los almendrones, escuchando el mar, sintiéndome completamente fuera del mundo y completamente en él al mismo tiempo.
Vedado y más allá: La Habana que no sale en los folletos
Si La Habana Vieja es el corazón histórico, el barrio de Vedado es donde la ciudad respira de otra manera. Aquí están las mansiones art déco que una vez pertenecieron a la burguesía cubana, el famoso Cementerio de Colón —uno de los más impresionantes de América Latina— y la Plaza de la Revolución con sus icónicos murales metálicos del Che Guevara y Camilo Cienfuegos.
También te recomiendo pasear por el barrio de Miramar, más tranquilo, con sus embajadas y jardines, para entender que La Habana tiene muchas capas. La ciudad no es solo lo que aparece en las fotos más compartidas.

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Consejos prácticos para viajar a La Habana: lo que le contaría a una amiga
Cuándo ir
La mejor época para visitar La Habana es entre noviembre y abril, que es la temporada seca. El calor es más llevadero y hay menos probabilidad de lluvias torrenciales. Yo fui en marzo y el clima era ideal: sol, brisa del Caribe y temperaturas agradables para caminar.
Evita la temporada de huracanes, que va aproximadamente de junio a noviembre, especialmente los meses de agosto y septiembre.
Moneda y presupuesto
- Cuba tiene un sistema monetario complejo que ha cambiado en los últimos años. Infórmate bien antes de salir sobre la moneda aceptada actualmente, ya que la situación puede variar. Consulta fuentes actualizadas como la web oficial de turismo de Cuba.
- Lleva efectivo en euros (en Cuba el dólar tiene restricciones) y cámbialo una vez allí en las casas de cambio oficiales (CADECA).
- Las tarjetas de crédito emitidas por bancos vinculados a Estados Unidos no funcionan en Cuba. Confirma con tu banco antes de viajar.
- El presupuesto diario puede variar mucho: comer en paladares (restaurantes privados) suele ser más económico que los restaurantes estatales para los turistas.
Transporte dentro de la ciudad
- Los taxis privados (los amarillos o los almendrones) son la opción más cómoda para los turistas. Negocia siempre el precio antes de montar.
- Los bicitaxis son perfectos para distancias cortas en La Habana Vieja.
- Hay una red de autobuses turísticos tipo hop-on hop-off que conecta los principales puntos de interés.
- Para ir a lugares más alejados como la Finca Vigía o las playas de Playas del Este, lo más práctico es contratar un taxi por el día.
Dónde dormir
- Las casas particulares (el equivalente cubano al bed & breakfast) son mi recomendación personal. Son más económicas que los hoteles, más auténticas y te permiten conectar con familias locales. Yo dormí en una casa en La Habana Vieja con vistas a un patio interior lleno de plantas.
- Si prefieres hotel, los de la cadena Habaguanex en La Habana Vieja tienen mucho encanto y están bien ubicados.
Conectividad y wifi
El acceso a internet en Cuba es limitado. Funciona principalmente a través de tarjetas wifi que se compran en las oficinas de ETECSA (la compañía de telecomunicaciones estatal) y se usan en zonas determinadas. No cuentes con estar conectada todo el tiempo. Personalmente, lo agradecí: me obligó a estar presente de verdad.
Lo que no olvides llevar
- Repelente de mosquitos (especialmente si vas en temporada húmeda).
- Protector solar fuerte: el sol caribeño no perdona.
- Medicamentos básicos: la disponibilidad de fármacos en Cuba puede ser limitada.
- Ropa ligera pero también algo de abrigo para los restaurantes con aire acondicionado.
- Una actitud flexible. Cuba funciona a su ritmo, y cuanto antes lo aceptes, mejor lo pasarás.
Lo mejor que me llevé de La Habana no entró en la maleta: fue esa sensación de haber visto el mundo desde otro ángulo, de haber entendido que hay otras formas de vivir, de resistir, de celebrar. Si tienes la oportunidad de ir, ve. Y cuando estés allí sentada en el Malecón con tu mojito en la mano viendo pasar los almendrones, ya me contarás.
